13. Año del renacimiento

jueves, 4 de diciembre de 2025



Este año no fue un año cualquiera. 
Fue un antes y un después. 
Un camino que me llevó a los lugares más oscuros de mí mismo y, poco a poco, también a los más luminosos. 
Empezó con un peso que no sabía nombrar. Lloré como nunca había llorado. Mi cuerpo hablaba por mí cuando mi mente ya no podía sostener más. Nunca pensé que una persona podía derramar tantas lágrimas en un mismo día. Busqué ayuda sin miedo: dos psicólogos, cambios de medicación psiquiátrica, grupos de apoyo para hombres en situación de crisis, ajustes personas, tropiezos. Recibí un diagnóstico que al principio dolió, que sentí que al principio me definió pero más dio claridad y explicación: Trastorno de estrés post-traumático. No era debilidad; era historia, mi historia la cual no puedo cambiar. Era la marca de lo que había vivido. Tuve que dejar mi departamento en Québec y regresar a México en medio del caos emocional. Lloré sin entender por qué. ¿No se supone que ya estaba seguro en las cuatro paredes de la casa de mis papás? Sentí que perdía estabilidad, identidad, rumbo. Pero aun así seguí caminando. Me metí a varios cursos para poder ocupar mi mente y tiempo, solo para darme cuenta que necesitaba reposo. Tuve que volver a Canadá sin sentirme listo, y aun así fui, solo por un simple trámite. Justo cuando empezaba a agarrar ritmo en mi vida, a tener estabilidad una rutina, el gobierno canadiense decidió por mi. Estuve 2 semanas en una ciudad nueva que me dio una nueva perspectiva. Gracias San Juan de Terranova. Al volver a México di muchos pasos, incluso los más torpes, me devolvieron un pedazo de mí. En México conecté con mi idioma, con mis raíces, con mi soledad. Descubrí partes de mí que había olvidado. Recordé cómo suena mi voz sin filtrar, cómo pienso sin traducir, cómo siento sin esconderme. Y entre todo ese remolino, encontré algo inesperado: una pasión real: la barbería. Un oficio que me regresó al presente, a mis manos, a mi cuerpo. Una actividad que me ancló cuando nada más lo hacía. Me di cuenta que puedo ofrecer a la gente más que un servicio, sino la oportunidad de que ellos se sientan mejor con ellos mismos. Y cuando un señor me abrazo después de hacerle un corte me di cuenta del poder que tengo para poder cambiarle el día a una persona. Este año también hubo pérdidas. Hubo decenas de despedidas y duelos. Me hubiera gustado compartir mi proceso con algunas personas, pero entendí que no todo lo que amamos está destinado a acompañarnos en todas las etapas. A veces la vida separa caminos para que cada uno crezca por su cuenta. Y eso está bien. Lo acepté con tristeza, pero también con respeto y honradez. Y entre tantas batallas internas, ocurrió algo profundo: me reconstruí. Conocí nuevas personas, celebré una Navidad en julio, hice amistades en lugares improbables, encontré momentos de paz en rincones inesperados. Viví, incluso cuando sentía que no podía. Avancé, incluso cuando pensé que me estaba rompiendo. Y hoy, después de doce meses que parecieron diez vidas, logro ver con claridad: Tengo residencia permanente canadiense. Tengo varios hogares físicos. Tengo una dirección. Tengo un rumbo. Y tengo una versión renovada de mí mismo. Este año fue una travesía. Una caída. Una búsqueda. Y finalmente, un renacimiento. No lo viví perfecto, pero lo viví con verdad. No siempre con fuerza, pero siempre con honestidad y amor hacia mi mismo. No sin miedo, pero nunca sin corazón. Hoy puedo decir que vuelvo a ser yo. No el de antes. Uno más profundo, más consciente, más Oski. Y eso, para mí, lo cambia todo. 
Sé que como ser humano nunca voy a alcanzar el grado de 'iluminación' y que problemas, confrontaciones, desafíos y dudas siempre habrán. Pero ahora he recuperado poco a poco lo que perdí en poco tiempo: mi paz, mi dirección, mi brújula interna, la motivación de vivir la vida. 
Oski, 2025.





Publicar un comentario

Publicaciones ♡